La cólera de Aquiles

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Cratera de volutas, Ática, 490- 460 a.C., 63 cm (alto) x 46 cm (diámetro), Londres, British Museum, Greek & Roman Antiquities, G15/3, 1848,0801.1

Jorge Viz González

Resumen: En el texto se estudiarán las conexiones literarias de la representación de la lucha entre Aquiles y Héctor de una cratera de volutas griega. Se desarrollará el concepto de héroe griego, ejemplificándolo con los textos del canon de la literatura mundial, además de focalizar en el concepto de cólera de Aquiles, y en los duelos singulares, abstraídos de su entorno y que finalizan con la vitalidad o la glorificación del héroe clásico.

-Palabras clave: Aquiles, Ilíada, Literatura, Cólera, Héroe. Fecha de elaboración: Mayo de 2016.


         La escena principal representada en la cratera de volutas personifica la lucha de Aquiles contra Héctor narrada en el canto XX de la Ilíada de Homero, un poema épico de 24 cantos. Este enfrentamiento tuvo lugar durante el décimo año de la guerra entre aqueos y teucros en la amurallada ciudad del rey Príamo. Con estas palabras, Héctor, engañado por la diosa Atenea, exclama a Aquiles: “No huiré más de ti, oh hijo de Peleo, como hasta ahora. Tres veces di la vuelta, huyendo, en torno de la gran ciudad de Príamo, sin atreverme nunca a esperar tu acometida. Mas ya mi ánimo me impele a afrontarte, ora te mate, ora me mates tu” (Homero 2012, 412). Tras un valeroso combate, perdió la vida en manos de Aquiles. Desde el primer momento el propio Homero nos indica cuál es el tema de la Ilíada: “Canta ¡Oh diosa!, la cólera de Aquiles: cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes” (Homero 2012, 63). Por lo tanto, la escena de esta vasija griega nos muestra el momento álgido, la escena culminante de la obra donde por fin pudo calmar su sed de venganza y apagar su cólera. La Ilíada nos ejemplifica su vida, la de un héroe épico víctima de su fatal destino.

            Desde Homero, han aparecido muchas versiones donde se narraba la guerra de Troya y este combate en concreto. Virgilio, Ovidio o Dante, incluyeron en sus obras menciones a los héroes míticos de Homero. Los autores romanos, que remontan su linaje a Troya, compartían una visión más negativa del carácter de Aquiles. Virgilio lo nombra como “el iracundo Aquiles” (Virgilio 1992, 142) sin piedad de los hombres y Horacio como violento y despiadado con niños y mujeres. Otros autores, dan a conocer otros motivos para su menosprecio, su vida erótica, como Ovidio o Porpercio. De Héctor, conocemos su personalidad y sus heroicidades en el décimo año de la guerra narrada en la Ilíada. También lo podemos ubicar en epopeyas cíclicas y en la tragedia de Reso en Eurípides, donde se narra la lucha naval y el fallecimiento de Sarpedón. Una obra en la que aparecen ambos es la divina comedia de Dante, donde Héctor y su familia permanecen en el Limbo, el círculo exterior donde moran los virtuosos no cristianos. En cuanto a Aquiles, el haber actuado por impulso ante la muerte de Patroclo, por querer obtener venganza y gloria, junto a su enamoramiento de Briseida, por quien abandonó a sus compañeros en batalla cuando Agamenón se la quitó de sus aposentos, es decir, el no haber frenado sus instintos y haber pecado por incontinencia le ha conducido al segundo anillo del Infierno de Dante.

            Para poder comprender mejor a los protagonistas de la Ilíada debemos saber que la figura del héroe épico ha tenido un diverso enfoque en cuanto a su definición, ya que poseen y ejemplifican con sus hazañas virtudes diferentes en función de la época en la que se narran sus gestas. En la escena representada en la cratera de volutas y en los momentos previos al combate, cabe destacar la superioridad de Aquiles como héroe. Ha elegido una vida breve y gloriosa, expresa y reconoce que el destino de cualquier ser humano es el sufrimiento y la muerte, la condición no divina, mientras que Héctor olvida el suyo ya que su sentido del honor le incita a regresar al combate. Desde el canto número VII de la Ilíada hasta el XXII profundiza en su error, querer obtener piedad de Aquiles, y solo cuando decide enfrentarse a Aquiles lo reconoce y se lamenta de no haber seguido los consejos de su familia.

            Generalmente, los héroes épicos, adquieren una conducta peculiar por algo ocurrido y se valen de sus habilidades o virtudes para lograr tareas difíciles de alcanzar por cualquier humano, convirtiéndose así en los protagonistas de la poesía heroica. Para ejemplificar sus diferentes modos de actuar recurriremos a Aquiles, Odiseo y Eneas, protagonistas de La Ilíada, La Odisea y la Eneida, respectivamente.

            En la Ilíada podemos observar el caos producido por una guerra a gran escala y sin embargo, como el poeta fija su atención en los héroes y en sus motivaciones personales. En Aquiles destaca sus facultades humanas: la belleza, la fortaleza, el vigor y el saber cómo adoptar la muerte ideal de la vida heroica para alcanzar la gloria eterna. También la compasión, la preocupación por lo humano y los valores morales, como cuando recibe a Príamo en su tienda y se apiada de él tras solicitar el rescate del cadáver de su hijo en el canto XXIV.

            En la Odisea, Odiseo es presentado prácticamente como el polo opuesto de Aquiles. Nos muestra su afán por sobrevivir, su única meta es la de no morir en el campo de batalla. No es un héroe que recurra a la fuerza, al poderío físico, es un héroe que trata de alcanzar la victoria usando la inteligencia práctica, con mucha valentía, engañando, mintiendo o incluso disfrazándose.

            La Eneida de Virgilio se ve transformada por los criterios éticos del momento, ideales morales que conforman otro espacio social para el héroe y que lo alejan de la obra de Homero, aunque se advierte su derivación en muchos aspectos. La inteligencia práctica ya no será la virtud del héroe, como en Odiseo, sino que lo será la moralidad, justo y piadoso, virtudes cívicas que corresponden al momento temporal en el que se crea. Es decir, Virgilio interpreta las realidades tradicionales pero con una visión más filosófica y simbólica.

            El sentimiento que mueve a Aquiles a protagonizar la escena que he elegido, su cólera, se convierte en el símbolo de la guerra de Troya, su pasión motivadora: “apetito penoso de venganza por causa de un desprecio, […], a toda ira sigue un cierto placer, nacido de la esperanza de vengarse” (Aristóteles 1994, 307). Esta afirmación hace suponer que el sentimiento de ira en la antigua Grecia tenía connotaciones similares a las actuales pero quizás, no seamos capaces nunca de matizarlo con detalle. A Aquiles se le aplica la palabra mênis para identificar su cólera, la misma que a los dioses, no utilizada para el resto de héroes. Esto da lugar a una confusión, ya que me referiré a la cólera de Aquiles por lo que contemporáneamente entendemos como cólera, ya que no conocemos el significado concreto de mênis. Pasión generada por la pérdida de su eterno compañero, Patroclo.

            Aquiles y Patroclo habían crecido juntos en Pythia, y de allí marcharon a la guerra. En la Ilíada, Aquiles se muestra profundamente humano, dando a conocer un rasgo interesante de su personalidad, su desinteresada y continua amistad con Patroclo. Son el prototipo griego de amistad eterna. El trágico final de ruptura de esta pareja literaria comenzaría en el décimo año de guerra, cuando Agamenón robó a Aquiles a su querida Briseida, hija de Brisos, sacerdote en Lyrnessos. Este acto le condujo a retirarse y a permitir que Patroclo combatiese al frente de los mirmidones, tras haberle cedido su armadura.

            Enloquecido por el fragor del combate, dio muerte a varios troyanos entre los que se encontraba Sarpedón. Zeus, molesto por lo ocurrido, decidió planear su muerte alentando a que Héctor le acosara sin cesar. Y así fue, mientras Patroclo estaba atacando a los teucros que defendían a Héctor, Apolo, en el desconcierto del combate, le quitó el yelmo de Aquiles con un golpe en la espalda. Había llegado su hora. Patroclo sintió que había sido alcanzado por la pica de Euforbo. Héctor, aprovecho su debilidad tras haber sido herido, “le envainó la lanza en la parte inferior del vientre” (Homero 2012, 820-821). Sus últimas palabras fueron para Héctor, al que anunció una pronta muerte.

            La tristeza de Aquiles es un tema que alcanzó gran popularidad en el mundo del arte y su llanto fue cantado por Homero de esta manera: “los aqueos pasaron la noche dando gemidos y llorando a Patroclo. El Pelida, poniendo sus manos homicidas sobre el pecho de su amigo, dio comienzo a las sentidas lamentaciones, mezcladas con frecuentes sollozos” (Homero 2012, 358). Los juegos fúnebres que organizó Aquiles en honor de Patroclo fueron narrados por Homero con detalle en el penúltimo canto de la Ilíada, el canto XXIII. La ira hacia Héctor la hizo extensible a cualquier troyano. Su desesperación conmovió a su madre Tetis, la cual le entregó sus nuevas armas, fabricadas por el divino Hefesto en su fragua subterránea, que  recogían la gloria del héroe, en oposición a la muerte que pronto recibirá. Aquiles, mientras contemplaba la armadura, sintió como volvía a florecer su cólera a la vez que disfrutaba observando el espléndido presente de Hefesto: la ilustre armadura, “tan excelente y bella como jamás varón alguno la haya llevado para proteger sus hombros” (Homero 2012, 366). Con el apoyo de los dioses y con su flamante y nueva armadura, nadie lograría vencerle. Héctor buscaba el encuentro cuerpo a cuerpo con Aquiles. Tras ver como este atravesaba a su hermano Polidoro con su lanza, furioso, arroja su lanza al mirmidón pero Atenea la aparta con un tenue soplo. Aquiles acometió, entre horribles gritos, a Héctor, con intención de matarle, pero Apolo le arrebató al troyano y “lo cubrió con densa niebla” (Homero 2012, 388).

            Aquiles y los suyos perseguían al dios Apolo convertido en Agenor, tras haberle arrojado su lanza. Esta maniobra permitió a los teucros refugiarse dentro del recinto amurallado, a todos menos a Héctor, que permaneció extramuros. Tras destapar el engaño, corrió hacia la ciudad. Príamo fue el primero en verle venir por la llanura, y Héctor, inmóvil en la puerta, al observar cómo Aquiles se le acercaba, se echó a temblar y huyó espantado. Dieron hasta tres vueltas a la ciudad, en una veloz carrera sin lograr acercarse mutuamente. Aquiles se aseguró de que ninguno de sus guerreros le disparara flechas, ya que quería para sí mismo toda la gloria. En la cuarta vuelta, Zeus tomó la balanza de oro y puso en cada lado la suerte de cada uno de ellos. La balanza se inclinó bajo el peso del día fatal de Héctor. Apolo desamparó al troyano y Atenea se acercó a Aquiles: “Párate y respira; e iré a persuadir a Héctor para que luche contigo frente a frente”(Homero 2012, 411). Lo logró tomando la forma de Deifobo, hermano de Héctor. El clímax de la Ilíada se aproxima cuando Héctor, listo para el combate, recibe estas palabras de Aquiles: “Ya no te puedes escapar. Palas Atenea te hará sucumbir pronto, herido por mi lanza, y pagarás todos juntos los dolores de mis amigos, a quienes mataste cuando manejabas furiosamente la pica”(Homero 2012, 413). Fue el primero en atacar, pero Héctor, con agilidad esquivó el tiro. Su contrataque rebotó en el escudo de Aquiles y al volverse hacia Deifobo para pedirle otra pica y ver que no estaba, comprendió la astucia de los dioses: “¡oh!, ya los dioses me llaman a la muerte. […] Pero no quisiera morir cobardemente y sin gloria, sino realizando algo grande que llegara a conocimiento de los venideros”(Homero 2012, 413-414).

            Aquiles, observó el único rincón del cuerpo que no estaba protegido por su vieja armadura, la garganta, y allí le envainó la pica, sin dañarle la tráquea para que pudiera hablar y responderle. Este es el instante que aparece representado en la escena del vaso donde Héctor, ya herido mortalmente, se desploma al suelo, donde pronuncia sus últimas palabras en vida: “No permitas que los perros me despedacen y devoren junto a las naves aqueas. Acepta el bronce y el oro que en abundancia te darán mi padre y mi venerada madre, y entrega el cadáver a los míos para que lo lleven a mi casa y los troyanos y sus esposas lo lleven al fuego” (Homero 2012, 414-415). No escuchó sus palabras, se ensaño hasta el límite, lleno de gloria, con el odio y la sed de venganza propios de un animal salvaje. Perforó los tobillos de Héctor y ató el cadáver a su carro para arrastrarlo bajo la mirada aterrada de su padre, madre y esposa. Tras llegar al lecho de Patroclo le dice orgulloso: “¡Alégrate, oh Patroclo, aunque estés en el Hades! Voy a cumplir cuanto te prometiera: he traído arrastrando el cuerpo de Héctor, que entregaré a los perros para que lo despedacen cruelmente; y degollaré, ante tu pira, doce hijos de troyanos ilustres por la cólera que me causó tu muerte” (Homero 2012, 420).

            En esta narración del relato podemos ver cómo mientras se narra el duelo entre el resto del escenario, el campo de batalla, desaparece completamente. El poeta se focaliza en duelos singulares, abstraídos de su entorno y que finalizan con la vitalidad o la glorificación de algún héroe. En el canto XVI se produce la muerte de Patroclo y la noticia llega a Aquiles en el XVIII. Aunque su respuesta parece inminente, Homero juega con el suspense hasta el canto XX-XXII, donde tendrá lugar su duelo contra Héctor. Por lo tanto, la guerra de Troya ha servido de fondo para la acción principal.

            En la Odisea apenas se mencionan contenidos de la Ilíada, solo entre los versos XXIV 73-84. Si lo hacen el libro de Alexandre y la Ilias Latina, y a partir de su comparación, podemos describir las diferentes narraciones del combate representado en la cratera de volutas y del armamento de Aquiles.

            En el libro de Alexandre podemos apreciar su fidelidad a la obra latina. Su parte central es una paráfrasis de ella, no de la Ilíada. En toda la obra se observa una medievalización cristiana, en la que el autor intenta hacer la obra más comprensible para la sociedad de la época. Para ello, narra acciones reformuladas con las armas, los rituales y la moralidad propia de la Europa del siglo XII. La caracterización de los personajes en el texto medieval es poco precisa, muy superficial en comparación con la Ilíada, ya que su parte dedicada a los acontecimientos de la guerra de Troya es poco extensa. En ningún caso se profundiza en su plano moral o psicológico como ocurre en la Ilíada.

            La Ilias Latina es un texto latino redactado en la época romana imperial, hacia el siglo I d.C., conservado en varios códices en los que se resume la Ilíada con el lenguaje de Virgilio y de Ovidio, que contó con una gran difusión durante la edad media. En lo referente al duelo entre Aquiles y Héctor, se narra con alto detalle la muerte de Patroclo y el llanto de Aquiles, mientras que el texto medieval se centra más en el duelo entre ambos.

            La preparación de Aquiles antes del combate refleja de nuevo el carácter medieval del relato al acercar su figura a la de un caballero, evitando el distanciamiento con el lector de la época: “como buen cavallero” (Cañas 2013, 266). Es el quien solicita a través de su madre, la diosa Tetis, que se le entreguen armas y no directamente como ocurre en el libro de Alexandre. También observamos diferentes visiones y definiciones en las nuevas armas de Aquiles.  En la obra medieval corresponden al armamento habitual de un combatiente medieval: loriga, casco, yelmo y escudo, frente a la griega en la que son un escudo grande, con triple cenefa y provisto de una abrazadera, una coraza, un sólido casco y unas grebas.

            Mientras que en la Ilíada se hace referencia a dos enfrentamientos, tanto el texto latino como el medieval trabajan un único combate, el definitivo del canto XXII, representado en la vasija que he seleccionado. En la Ilias Latina va desde los versos 931-937 y en el libro de Aleixandre entre las estrofas 667-712. En ellos se narra desde su diálogo previo al combate hasta la muerte de Héctor. La encomienda a Dios de Héctor antes de conocer su fatal destino, deja patente la diferencia entre ambos textos, la cristianización mostrada en el libro de Alexandre frente al texto clásico “acomendó su alma a Dios, el Padre Santo” (Cañas 2013, 267). Virgilio, en el libro XII de la Eneida también refleja la situación de duelo, no con Aquiles y Héctor de protagonistas sino con Turno y Eneas.

Obras citadas 

Apolodoro. 1985. Biblioteca. Traducido por Margarita Rodríguez de Sepúlveda. Madrid: Gredos.

Aristóteles. 1994. Retórica. Traducido por Quintín Racionero. Madrid: Gredos.

Cañas, Jesús, ed. 2013. Libro de Alexandre. Madrid: Cátedra.

Distis Cretense. 2001. La Ilíada Latina: Diario de la guerra de Troya. Traducido por María Felisa del Barrio Vega y Vicente Cristóbal López. Madrid: Gredos.

Homero. 2012. Ilíada. Traducción de Luis Segalá y Estalella. Barcelona: Austral.

Píndaro. 2002. Odas y fragmentos. Traducción de Alfonso Ortega. Madrid: Gredos.

Virgilio.1992. Eneida. Traducido por Javier de Echave-Sustaeta. Madrid: Gredos.


Jorge Viz González es artista conceptual, estudiante de Historia del Arte en la Universidad de Santiago de Compostela y estudiante de Filosofía en la UNED.

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