Un viaje a Pakistán, como un sueño efímero

CARRO MARINA, Lucía (2016): Cartas patanas. Andanzas por Pakistán con burka y sin burka. Madrid, Biblioteca Nueva, 397 páginas.

Hay libros testimoniales que son inestimables fuentes de conocimiento por la calidad de la información que suministran. Estas obras son especialmente interesantes para periodistas y estudiantes de Periodismo precisamente porque muestran ejemplarmente cómo entender el mundo y sus otras culturas con una necesaria mirada honesta, curiosa y respetuosa, y cómo usar todo tipo de fuentes para explicar lo que no se sabe de la mejor forma posible. Es casi imposible que podamos desnudarnos de ciertos prejuicios culturales pero el esfuerzo es precisamente no doblegarse ante ellos sino tratar de entender para poder luego contar. Y ese es uno de los grandes valores de Cartas patanas. Andanzas por Pakistán con burka y sin burka de Lucía Carro Marina.

Lucía Carro Marina es doctora en Filología por la UCM, políglota y profesora de latín. Nació en Madrid, pero confiesa que volvió a nacer en Pakistán en el año 2001, cuando se casó con Adam Nayyar, antropólogo y etnomusicólogo pakistaní, que estudió y se doctoró por la Universidad de Heidelberg de Alemania, que fue director del Consejo Nacional de las Artes de Pakistán y que lamentablemente murió demasiado pronto, a los 60 años. Durante su matrimonio, Lucía Carro y Adam Nayyar trabajaron juntos cada día -ella se define como antropóloga consorte- en la defensa y protección del patrimonio musical de Pakistán y de los músicos pakistaníes, perseguidos por los talibanes porque proclaman que la música es pecado. Lucía lo describe en varias de sus Cartas patanas:

“Como maestro, Adam me acercó a la música religiosa popular, y como activista político contra los fundamentalistas, que saben que la música es su peor enemigo en el subcontinente”.

Como los Grimm, buscaron por pueblos, ciudades y aldeas la música popular, las coplas, las danzas, expresiones culturales que son las más sentidas y compartidas entre generaciones, las más emotivas y genuinas de todos los pueblos de este mundo. En Pakistán, tierra musulmana, el Corán rige la vida y se impone esa regla coránica que prohíbe la figuración de seres vivos. Por tanto, la música se convirtió en el arte por excelencia en detrimento de las artes plásticas. Además, en ese lugar del sudeste asiático la cultura popular atribuye un valor medicinal y curativo a las notas musicales sabiamente manejadas. El trabajo de Adam y de Lucía era también una enamorada defensa de la música y de los músicos pakistaníes. Música y músicos fueron proscritos por los fundamentalistas islámicos, esos talibanes que,  con justicia cuenta Lucía Carro, fueron bien alimentados por Occidente:

En los últimos años el moderno fundamentalismo islámico ha conferido un enorme poder a los mullahs o clero musulmán, ignorante, y a menudo sin ninguna formación teológica, que proclaman que la música es pecado y la prohíben y castigan… Repito: hacen expulsar a los músicos de la ciudad, rompen sus instrumentos, incendian las tiendas de discos y cassettes, tiran granadas sobre las humildes carpas que albergan una boda con música… sin que las autoridades y los políticos laicos se atrevan a mover un dedo ni encuentren nada que objetar. El resultado es una incentivación de la violencia en una sociedad violenta de por sí, que ya no puede aliviar su alma, como hacía antes con un poco de música.

La “revolución de la casete”, como lo llamaba mi marido, había hecho asequible la música para los más pobres. También permitía copiar, grabarse y ser grabado. Esto dio una vida nueva a la sociedad rural, a su música y a su creatividad. Actualmente, las leyes contra el pirateo de música son las mejores aliadas de los mullahs y su oscurantismo.

Hoy en día, los tiros al aire, a menudo con mortíferos resultados, son el único efecto de sonido asequible para las celebraciones del amor (p. 183).

Lucía Carro ha tenido el acierto de elegir el género epistolar para sus relatos y descripciones de ese gran viaje que duró doce años por la República Islámica de Pakistán. Es un país con una superficie como una España y media pero con casi 200 millones de habitantes. Su territorio ha sido y es una auténtica encrucijada de caminos y de culturas. Reúne tierra adentro y en su litoral a las dos rutas de la seda, y es asiento y crisol de civilizaciones únicas (Harappa, Gandhara, el Imperio Moghol, el Raj) y de milenarias culturas (hindú, china, centroasiática, chamanismo siberiano, persa, swahili del África del Este, unida desde muy antiguo a Pakistán por el tráfico de esclavos del legendario imperio de Omán). Los años de trabajo de Lucía Carro y Adam Nayyar seguro que no fueron suficientes para sus planes de investigación etnomusical pero sí para que en ese interrumpido viaje ella haya entendido su gran viaje como conocimiento. Y este libro es el testimonio de ese viaje homérico, del que hablaba Kavafis para ir a Itaca aunque nunca se llegara, ese viaje que como definió Descartes “sirve para conocer las costumbres de los distintos pueblos y para despojarse del prejuicio de que sólo en la propia patria se puede vivir de la manera a que uno está acostumbrado”.

Esta es precisamente una de las ideas principales que Lucía Carro ha dejado en su libro. Ella nos muestra, tal vez sin percatarse de ello, con sus relatos y sus análisis, con sus datos precisos, sus descripciones de la gente y de los lugares, de las costumbres tan diferentes a las que se hubo de adaptar, con todo el amor que transmite en cada página por la tierra que la acogió, que estamos llenos de prejuicios, que nuestro conocimiento del mundo es estereotipado, y que los medios de comunicación no ayudan precisamente a romper esta ignorancia, más bien, al contrario, la alimentan. Por eso, en las primeras páginas de la Introducción a sus Cartas Patanas, Lucía Carro escribe:

“Viajera he sido por las tierras de Pakistán y romper una lanza quiero por su gente, su cultura y su presente situación. Pakistán es un país doblemente herido, primero por la colonización británica y recientemente, de nuevo, por el fundamentalismo islámico que sigue asolándolo”.

Lucía Carro Marina vivió intensamente su viaje junto a su marido Adam Nayyar ya que como antropóloga consorte fue un nexo necesario con el mundo de las mujeres. Porque, en efecto, en la República Islámica de Pakistán la segregación de los sexos es una norma inviolable, de modo que como hombre Adam Nayyar no tenía acceso al mundo de las mujeres, cuando son ellas las que conservan y transmiten de generación en generación la música popular, desde las canciones de cuna a las que festejan o lamentan todos los aconteceres de la vida. Lucía pudo entrar en ese mundo femenino vetado para el hombre y completar así la investigación emprendida sobre música y danza.

La nueva vida de la autora exigió que aprendiera el urdu, idioma oficial de Pakistán, y el farsi porque se habla en Afganistán y es lengua madre. Además, es trilingüe en español, inglés y francés y habla y escribe chino (en 1999 publicó una recopilación, con traducción propia, también en Biblioteca Nueva, titulada Ciento setenta poemas chinos). Ha sido profesora de latín en varias universidades del mundo. Gracias a este envidiable dominio de idiomas, la autora va desgranando en su libro lo que muchas palabras significan y han significado, su origen y evolución, un viaje constante por el lenguaje que, sin pretenderlo, nos hace penetrar en conceptos, en detalles reveladores, en la historia oriental y occidental compartidas por siglos, con facilidad y atracción, porque las palabras son el nexo absoluto de lo humano con todos los universos. Y por ser políglota, Lucía Carro conoció y ayudó a muchos viajeros escritores, investigadores, antropólogos y periodistas de todo el mundo que llegaban a Islamabad. Y, en fin, también tuvo tiempo la autora para estudiar la danza como concepto y como expresión. Tomó clases y se convirtió en una bailarina de danza pakistaní y de ello habla en sus Cartas patanas y muestra en ellas algunas fotografías muy bellas.

La belleza. Algo que Lucía ha perseguido en su inmenso viaje. Dijo André Breton que la belleza es convulsiva o no es nada en absoluto. Yo pienso lo mismo. La belleza no tiene cuerpo ni alma. Es una idea, una sensación…una intuición. Hay algo en la belleza que nos duele y nos ensancha a la vez. Stendhal trató de explicarlo pero sigue siendo un misterio. Un silencio y una “puerta ante ese infinito que anhelo y que jamás he conocido”, dijo Baudelaire. Este verso es la mejor explicación que conozco sobre la belleza: la puerta que abre el abismo interior. Un abismo al que no podemos llegar. Pueden brotar lágrimas, o acelerarse el corazón o sentir el cerebro paralizado. Sensaciones. ¿Pero cómo explicar esa especie de sabiduría fugaz que se abre y se cierra al instante, que conocemos y desconocemos a la vez?. La belleza es el dolor. Y el placer. Dolor y placer efímeros, para no morir. La extraña droga. Las flores del mal. Baudelaire invade la conciencia. Y Lucía Carro ha leído mucho a Baudelaire.

Yo he percibido en estas Cartas Patanas esa búsqueda de la belleza y esa puerta que abre al abismo cuando encuentra instantes de belleza en el porte digno y elegante de un patán, de una mujer pakistaní, del cabello de las mujeres, de un paisaje, de un chal bordado, del pan sagrado de Pakistán, del gesto de las mujeres en la cocina, de un vestido, de una danza, de una canción, de una noche estrellada en el desierto, de un gesto de generosidad y de elegancia, tan comunes en aquella cultura hospitalaria y tan lejana para nosotros. Belleza en las manifestaciones cotidianas de una cultura antigua, mezclada con otras durante siglos, belleza en las ciudades y en las aldeas, belleza en la poesía, las palabras, en la escritura. Belleza no exenta de dolor, belleza que da el sublime placer en un instante que nos acerca al abismo como describió Baudelaire en su inolvidable verso. Si tuviera que destacar algo muy especial del libro de Lucía Carro, algo difícil por su enorme riqueza en todos los sentidos, es precisamente esta subyugación por la belleza que vive en todas sus páginas porque sin duda la encuentra. Allí está, en cada paso, en cada viaje, en cada experiencia, en todo lo que relata.

No es un libro para leerlo deprisa ni para seguir una historia. Tiene una estructura muy ordenada, académica, por temas que ella define, y todos ellos unidos en una lógica admirable. Es tal el cúmulo de información, es tan poderosa la forma en que nos sumerge en ese mundo oriental que ella ha descubierto con los ojos bien abiertos, que es necesario prestar la atención de un modo nada habitual. Todo va introduciéndose en la mente del lector, deshaciendo prejuicios y estereotipos, mentiras difundidas, historias falsamente fabricadas por intereses políticos de Occidente, proporcionando un conocimiento mostrado y explicado a la vez, en una mezcla que es bien difícil de conseguir. Por eso el libro que ha escrito Lucía Carro es de los que cuando se terminan consiguen que no seamos los mismos porque hemos vivido una enorme experiencia de conocimiento. Como ejemplo, cito este párrafo que, con la resolución de la brevedad sintética, nos informa sobre la historia de la realidad política:

Durante la guerra de Afganistán (1979-1989) anterior a la presente, en la que los poderes occidentales armaron y animaron a los rebeldes afganos contra los rusos, los estrategas norteamericanos, asesorados por un artero “think thank” docto en estudios islámicos, decidieron resucitar el concepto de Yihad (guerra santa), que el Islam había archivado desde el siglo X (eso dicen en esta parte del mundo, pero la historia de España situaría la fecha del olvido de la Yihad dos siglos más tarde, tras la fanática invasión de los almorávides y almohades en los siglos XI y XII), para ensañar a sus protegidos contra los comunistas. La CIA introdujo el concepto de Yihad en la formación del servicio secreto pakistaní en aquellos años, y ahora le está costando dios y ayuda erradicar esta noción en el país que Estados Unidos vuelve a utilizar como base de operaciones (p. 166).

He sentido esta sensación extraordinaria de vivir el conocimiento transmitido de toda una vida ajena con la última obra, testimonial, del admirado periodista que fue Ryszard Kapuściński, y que tituló Viajes con Heródoto. Kapuściński decía que el sentido de la vida es cruzar fronteras, fronteras físicas, reales, y otras como la de la cultura, la familia, el idioma y el amor. Él lo hizo como periodista y en Viajes con Heródoto describió cómo hace 2.500 años ya existía una lucha entre Occidente y Oriente, pero también la mezcla simbiótica de culturas y conocimientos. Decía Kapuściński que “Oriente es el confucionismo, el budismo, el taoísmo… El islam sería el tercer elemento. Centrar toda la atención en ese mundo islámico, intentar crear un problema con él, es un grave error y una manipulación”. Lucía Carro, que tal vez no haya leído el libro de Kapuściński, insiste también en esta idea y, como Kapuściński, transmite su interés sincero por el otro y el descubrimiento del otro. Son los otros, la otra cultura en la que tuvo que nacer de nuevo, lo que impregna y da un valor absoluto a sus Cartas patanas. Para ello hay que ir desprendiéndose en el viaje de ese Yo siempre estrecho que impide escuchar, ver, mirar, comprender y amar. Es una forma de estar en la vida y que yo intento modestamente enseñar a mis alumnos de Periodismo. Pero no es nada fácil y el desprendimiento de ese ego que nos identifica con una cultura, una lengua, un país, un terruño, significa transformación, apertura, viajar no solo en el sentido físico sino, y esto es lo más difícil, por el interior de nuestras cómodas y falsas seguridades. Aunque el libro de Lucía está lleno de esas señales de continua transformación, solo voy a citar dos pasajes de dos de sus cartas. En la primera, Lucía cuenta que aceptó un trabajo de muy difícil traducción y ordenamiento de datos. Y esta es su reflexión:

Poco a poco me fui metiendo en harina y descubriendo un mundo que me apasionaba. Fuimos al valle del Punyal a visitar al autor y su familia, él bajó a Islamabad con más datos y explicaciones, mandó a amigos con cassettes y más fotografías, y poco a poco fui poniendo orden en aquel amasijo informe de datos que me habían dado. Tuve que añadir capítulos de historia, desciframiento de muestrarios antiguos, glosario, descodificación icónica y lingüística de la simbología del lenguaje de los bordados en cinco lenguas locales, inventario, clasificación y catalogación de motivos, e índices. Cada vez más enfrascada, estaba ya escribiendo mi magnum opus cuando al cabo de más de un año de investigación Adam me preguntó un día: ¿Cuánto le piensas cobrar a los suizos por este trabajo? Sin dudarlo un momento le contesté que lo más posible, pues para eso estaba perdiendo las pestañas y sudando la gota gorda; la tarea era decididamente ardua y a menudo enojosa… no iba a regalar mi tiempo. Conforme a la lógica de Occidente, de donde procedo, pretendía “ganar” con un trabajo que me estaba costando dios y ayuda.

– ¿Por qué no lo donas?

La pregunta me vino grande y casi monto en cólera. ¡Con lo que, me quedaba todavía por sudar! Además, con nuestros exiguos sueldos de funcionarios pakistaníes…. Adam no dijo más aquel día.

Con el tiempo me hizo ver que aquel dinero sería mucho más útil para una escuela de niños discapacitados por la consanguinidad que estaban intentando abrir en una de las pobrísimas zonas de donde proceden los bordados del libro que estaba intentando sacar adelante. También siguió llevándome a visitar santuarios sufíes donde siempre se pueden presenciar emocionantes muestras de generosidad creativa y radical por parte de personas que gozan de poco que compartir, y empecé a ver las cosas de otra manera; de una manera que tampoco tiene que ver con la honrosa caridad cristiana.

Ahora lo veo claro, pero por aquel entonces tardé en comprender, pues yo era igualita que los consultores que tanto criticaba: creía, a la occidental, que “trabajar”, o mejor dicho, “tener trabajo”, significaba ganar dinero, y mientras más dinero, mejor y más honor (pp. 153-154).

Otro libro que me abrió ese concepto de transformación por el conocimiento de los otros fue la Isla de Sajalin, de Antón Chéjov. Chéjov (1860-1904) tenía 30 años y una tuberculosis pulmonar, era médico y ya un escritor cuando emprendió el viaje a la isla de Sajalín, un lugar situado en el extremo de Siberia, entre la península de Kamchatka y el archipiélago de Japón, en el mar de Ojotsk. Guarda la entrada de la desembocadura del río Amur. El fin del mundo. Uno de los infiernos gélidos e indomables de este planeta. Y por eso allí había un penal donde el régimen zarista deportaba a presos políticos y criminales. Chéjov tardó casi tres meses en llegar a Sajalín cruzando toda Siberia. Y pasó en la isla otros tres meses y tres días visitando las cárceles, las colonias de los penados y de los carceleros, hablando con los seres humanos que fueron allí arrojados, explorando todo su territorio, y observando con una empatía lejana a ningún sentimiento de superioridad a las poblaciones nativas de ainos y guiliacos. Se detuvo también en las bellezas de la isla y en su tundra inhabitable, en su historia, en la flora y la fauna, en la orografía y en el clima. La isla de Sajalín no fue pensada como una obra literaria sino analítica, de observación rigurosa, objetiva. Quiso ser la tesis doctoral para la culminación de los estudios de Medicina, algo que Chéjov no logró porque fue rechazada. Pero La isla de Sajalín ha sido mucho más que una tesis: ante todo es el gran testimonio con voluntad objetivista sobre una realidad que había que contar. Es decir, lo más cercano a un gran reportaje. La isla de Sajalín es la obra a la que Chéjov dedicó más tiempo y esfuerzo. Y puede ser que marcara de forma definitiva su carácter y alimentara su estoicismo y su compromiso con los más débiles. Puede ser que Sajalín fuera el germen de sus maravillosos relatos, el principio de su interés por observar al ser humano con buscada distancia, sin juzgarlo, mostrándolo en su belleza y en su desgracia, como también ha hecho Lucía Carro Marina en sus Cartas patanas.

Tal vez podría citar otros libros pero es suficiente dejar testimonio de los de Kapuściński y Chéjov porque me dejaron vida e ideas, y ahora estas Cartas patanas de Lucía Carro. No son libros de viajes, son libros de escritores que no pretenden contar solo las experiencias personales de sus cruces de fronteras sino que aportan el cambio que produce el conocimiento de otros seres humanos, de otras formas de vivir, de otras concepciones y culturas, que critican con valentía y claridad las injusticias y las falsedades de tópicos y estereotipos bien fabricados para servir a ciertos intereses. Lucía Carro cita en su libro a muchos escritores, poetas y filósofos, occidentales y orientales, que van por el mismo camino, y que ella nos va presentando en las citas exquisitas que presiden sus cartas.

El libro de Lucía Carro está escrito para lectores de su cultura occidental porque trasformación no significa olvido ni conversión ni negación de su cultura. Todo lo contrario. Lucía Carro es un puente que se ha construido a si misma entre las dos orillas culturales. Y los análisis desnudos de moralina que encontramos en sus cartas constituyen verdaderas interpelaciones para nuestra propia reflexión. Solo citaré dos breves párrafos sobre las buenas intenciones de Occidente:

Una vez más he de reconocer que hay que estudiar mucho y hacer mucha labor de campo preliminar antes de querer “mejorar” la vida de los demás….y colonizarles una vez más por muy desinteresado que se quiera ser (p. 210).

Pakistán no puede hacer frente a un gigante malencarado como la India, y no hace valer multitud de argumentos históricos, económicos y culturales que le ayudaría a defenderse… Sin embargo, Pakistán, país joven e ingenuo, sigue creyendo que la ONU algún día va a servir para algo (p. 337).

En una de las cartas patanas aparece la política española. Lucía Carro narra cómo se sintió orgullosa por el comportamiento de los soldados que se entregaron a una ayuda total tras el terrible terremoto que asoló Pakistán en 2005 y fueron autoridades españolas las que se personaron para supervisar la gran tarea de reconstrucción de los soldados de todas las nacionalidades ya que en aquellos meses España estaba al frente de la OTAN. Pero esa admiración patria se vino abajo cuando llegó a Afganistán la entonces ministra de Defensa a una tierra donde es impensable que las mujeres embarazadas vayan a la guerra, y con un avión-hospital pertrechado con médicos, enfermeras y con el último grito en equipamiento quirúrgico, en un lugar donde sufren los soldados sin esas comodidades sanitarias y donde las mujeres afganas mueren de parto por falta precisamente de esos medios. La autora dedica dos páginas a describir este inoportuno viaje y se pregunta: “Quién forma el equipo de antropólogos, sociólogos y especialistas en protocolo que asesora al ministerio de Defensa?, nos preguntamos todos… ¿Quién se divirtió con esta “propuesta” como dicen los comentaristas de moda”? (p. 229). Y nos ofrece, más que una respuesta, que no la tiene, una reflexión:

No nos queda más remedio que recurrir a Platón: narra en su Protágoras como Hesiodo y Esquilo, el mito de Prometeo, pero a diferencia de estos insiste en que si bien fue Prometeo quien roba el fuego para ayudar a los humanos, fue Hermes, a petición de Zeus, y no Prometeo, quien dota a los hombres con las herramientas para que pueda desarrollarse el arte de la ciudadanía o Tekné Politike, base de la democracia griega, de la que dicen inspirarse los políticos occidentales, a saber: 1. Diké: sentido de lo justo; y 2. Aidós, sentido de lo decente, el sentido de lo moral, apropiado al decoro. Según acuerdo tácito e inmemorial entre los hombres que no necesita codificación por ser tan patente en el sano fluir de las relaciones humanas.

Hay maneras de ningunear el aidós y la diké y de hacer trizas la tekné politike con que se dota cada pueblo; un ejemplo puede ser Estados Unidos en Pakistán, Afganistán y Pashtunistán… Y otro ejemplo más sangriento para mí es el de la ministra de Defensa del reino de España (p. 230).

En la epístola 82 a Lucilio, Séneca preguntaba: “¿Como eliminarás los prejuicios de toda la humanidad de los que esta imbuida desde la infancia?” Séneca aconsejaba a su discípulo que no eran las teorías ni las arengas las que conseguían eliminar prejuicios y malas conductas sino el saber mostrar con situaciones concretas la realidad que pretendemos dar a conocer. “Ningún acto resulta honesto -decía Séneca- sino aquel al que el alma entera se consagra y atiende”. Esto es precisamente lo que nos deja Lucía Carro: con relatos de su experiencia nos obliga a reconocer prejuicios y falsedades y a desecharlos. Porque sus cartas no son morales aunque contengan esa honestidad persuasiva que describía Seneca. Son cartas que comparten con el lector ese gran viaje al que se consagró contrastando la cultura de una cristiana occidental con otra milenaria, oriental, islámica, tan diferente. Son cartas de una gran contención emocional, prevalecen los datos y los análisis por medio de las historias y descripciones, dejando a un lado su emotividad, que se percibe a veces pero que no empaña. Como Chéjov y Kapuściński. Y esto lo digo con gratitud y admiración porque por desgracia se ha impuesto la moda del relato periodístico y literario en los que emociones privadas de los autores son protagonistas antes que cualquier análisis necesario. Una plaga de la que no culpo tanto a los periodistas como a los medios de comunicación. Estamos viviendo la imposición de las emociones para acallar las causas de los problemas, de los prejuicios, de la violencia.

El consejo de Séneca ya estaba explicado por Aristóteles cuando en su Retórica definió este concepto de mostrar, de hacer visibles las ideas y realidades por medio de la visibilidad narrativa: “Llamo poner ante los ojos algo a representarlo en acción”. Y Quintiliano, maestro de retórica, tenía esta máxima aristotélica: “escribir para mostrar, no para probar”. Es decir, no valen las arengas morales ni ideológicas por sí solas. Lo que importa es narrar con verosimilitud, precisión y sinceridad. El testimonio honesto. Esta dualidad entre la experiencia personal, es decir, la singularidad, y lo que es universal, como la empatía, por ejemplo, o entre lo íntimo y la experiencia compartida es lo que proporciona ese inmenso valor comunicativo que tiene la mejor literatura y el mejor periodismo.

Lucía Carro Marina, con elegancia pero con razones muy justificadas, no habla bien de los periodistas occidentales, esos que van a Afganistán o a Pakistán como voceros o como aventureros que desprecian otras culturas diferentes para lograr no se sabe qué gloria. Cuenta la autora el bochorno que sintió por unos periodistas que se disfrazaron con una burka para burlar la entrada fronteriza afgana y que, por supuesto, al primer paso, paso zafio, fueron detenidos. Lo narra con una contenida indignación muy reflexiva que desemboca en una pregunta que nos atañe a todos:

Es decir, que los zafios reporteros occidentales varones que, cuando comenzó la última invasión de Afganistán, creyeron poder colarse en tierra patana perpetrados por burkas adquiridas al por mayor, con sus bastos andares, no sabían en el lío que se estaban metiendo, ni el peligro de muerte que corrían, ni saben quién los salvó. ¿Qué tipo de información pueden facilitar y siguen facilitando los que creyeron engañar a todo patán viviente y se vanaglorian de ello? ¿Qué visión y comprensión de hechos y cultura? ¿Qué veracidad y qué fideiDignidad? (p. 199)

Como periodista que fui y como profesora de periodismo siento cierta rabia al leer estas historias aunque por supuesto acepto su crítica. En cualquier caso yo no trabajo para un medio de comunicación sino para una universidad pública, de modo que seguiré enseñando lo que es un periodista, lo que es periodismo, y Chéjov, Kapuściński, y este libro de Lucía Carro me sirven como grandes ejemplos de narradores para explicar la escritura y la mirada. Hannah Arendt, en Verdad y política, escribió: “Sin los periodistas no encontraríamos nuestro lugar en un mundo de cambio constante y, en el sentido más literal, no sabríamos nunca dónde estamos”. Lucía Carro Marina no es periodista, ella misma lo advierte, pero su libro me va a servir para explicar cómo se mira. La enseñanza del periodismo no se basa en manuales o recetarios, sino en textos filosóficos y en la escritura de muchos autores, periodistas y literatos, que han sabido mirar, preguntar, observar y salir de sí mismos. Es una cuestión fundamental. Para ser realmente libres en nuestras elecciones y autónomos en nuestras decisiones necesitamos ver con alguna claridad. Si no, no seremos más que esclavos de nuestras emociones, de nuestros maniqueísmos, de nuestros prejuicios, de nuestro miedo al otro, al diferente, ese relato que nos fabrican los poderosos para la justificación de sus guerras y para el dominio del mundo.

La mirada. Lo primero, saber qué miramos, cómo miramos. Después, la escritura. No es fácil saber mirar y por ello se puede aprender durante toda la vida, si se ejercita, claro. En estas Cartas patanas hay un continuo ejercicio de mirada hacia los otros, auténtica comunicación. Y también esa mirada que paulatinamente va limpiando y puliendo el yo acomodaticio, ignorante y satisfecho al modo panglosiano del Cándido de Voltaire. En esta transformación por la mirada se ve constantemente en el libro de Lucía Carro la guía de Adam Nayyar. Por eso dice Lucía que allí, en Pakistán, volvió a nacer. Cito un corto párrafo de una de las cartas patanas:

Allí, mi marido me hizo notar la pobreza extrema de los lugareños. Me avergoncé de no haberme dado cuenta; para mí todo era pobre y ahí acababa la cosa… Mi marido me hizo fijarme en el estado de casi descomposición de las humildes sandalias, cuando las había, y en muchos otros detalles que mis ojos occidentales no eran capaces de distinguir (p. 323).

He dejado para el final mi admiración por la bella escritura de Cartas patanas. Andanzas por Pakistán con burka y sin burka. Es un libro tan bien escrito que emociona y obliga a paladearlo. Una escritura que es el indudable resultado de una sensibilidad fuera de lo común, de la acumulación de conocimientos y su dominio de varias lenguas. Creo que todo ello, como un prodigio de alquimia mental, ha conseguido esta escritura limpia, depurada, que los lectores sentimos recordando ese verso de Virgilio en la Eneida: Como viento ligero, igual que un sueño efímero.

La propia autora se ha definido en su libro de forma clara y reivindicativa como enemiga de los abusos del lenguaje. Una idea necesaria y justa para quienes tenemos la responsabilidad de enseñar escritura periodística:

Sí, pertenezco a la terrible secta de los traductores e intérpretes, dragomanes o truchimanes, levantisca contra los que la hostigan y acosan con su abuso del lenguaje y, por lo tanto, de ideas… y de la realidad (p. 173).

 

María Jesús Casals Carro

Universidad Complutense de Madrid

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