Pedro Sorela, la vida vivida, la vida conquistada

“Y  yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando”

Juan Ramón Jiménez: “El viaje definitivo”, poema.

 

Pedro Sorela Cajiao

Pedro Sorela Cajiao, periodista, escritor y profesor, nos ha dejado el 17 de abril de este año 2018. Justo en este mes de primavera, del febril canto de los pájaros que nos despierta cada mañana con el anuncio de que la vida sigue, y sigue, por fortuna, y nos levantamos agradecidos por sacudirnos del sueño.

Foto de Pedro Sorela: su calle de Madrid

A Pedro le gustaban los pájaros. Eligió vivir en una zona de Madrid recoleta, de antiguos chalets, algunos remozados, otros, no, pero todos con sus árboles y plantas cuidadas en ese Madrid que no parece Madrid y en el que se refugian esos pájaros que lo descubren y allí anidan por un tiempo. El nombre de su calle, “Risco del pájaro”, poético donde los haya, le producía a Pedro una especie de identificación en absoluta armonía con cada palabra. Risco: ese peñasco alto y escarpado donde él siempre quiso vivir. Pájaro: volar, no ser de ningún sitio, de nadie, libre y viajero, sin pretensión de especie. Ni águila, ni gorrión. Pájaro, simplemente.

Hemos sido compañeros durante 35 años. Comenzamos en el departamento de nuestra facultad siendo los más jóvenes y ahora éramos los senior. Me lo recordaba a veces con la simpatía de los viejos camaradas que han pasado por muchas experiencias a pesar de la aparente rutina de nuestro trabajo docente. Ambos hemos sido conscientes de nuestra forma de ser y de nuestro tiempo en la querida Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense. Por eso necesito dejar testimonio de ello tras su pérdida.

Pedro Sorela era por elección y vocación escritor y profesor. La lectura era su pareja inseparable, a la que le fue fiel y exigía la misma fidelidad en quienes le acompañaron en esta vida. Es curioso recordar que todas las conversaciones que con él tuve giraron en torno a escritores que ambos admirábamos, sobre todo los franceses. De ahí surgían otras digresiones sobre la vida, la enseñanza, los jóvenes, los viajes. Pocas veces sobre política y políticos, no porque no nos interesara, pero lo evitábamos y no sé bien por qué. Pudiera ser por la indignación que nos causaba la corrupción, el arribismo, la grosería. Indignación que le parecía ya un lugar común, un tópico asqueante, para qué repetirlo. Pedro tenía un carácter en cierto modo arrebatado pero lo dominaba, solo su rostro encendido, de un tono rojizo muy diferente al habitual, delataba sus indignaciones. Que no eran pocas.

A Pedro le indignaba sobre todo la desfachatez por la ignorancia, la tosquedad, la mediocridad, la burocracia que detiene al que trabaja y encumbra al arribista, la sordera de quienes podrían cambiar los defectos de nuestra universidad, la ceguera de quienes solo veían el brillo de esas nuevas tecnologías y mataban lo esencial: la palabra, el buen discurso, la escritura. Hace ya muchos años, Pedro desconfiaba de internet, de las redes sociales, de toda esa comunicación virtual y siempre alertó de sus peligros. Pero, como buen pájaro curioso y sobreviviente, se adaptó y utilizó los posibles beneficios que pudieran aportar. Creo que fue una doctoranda suya, ya doctora desde hace tiempo, quien le aconsejó que debería tener un blog, abrir su facebook, su twitter, y volar por ese mundo desconocido tan inexistente como real. Y lo hizo. “Lo voy a intentar -me dijo- pero no sé si esto es lo que yo quiero”. Concienzudo como era, creó y cuidó su blog como un nido acogedor de sus palabras y dibujos.

Un día de hace años, no recuerdo cuántos, me comentó que estaba comenzando a pintar, a aprender a dibujar, porque todo estaba unido. La palabra dibuja, el dibujo habla. El arte alimenta todo. Y llevaba estas ideas a sus clases. Dibujad palabras, entrevistad a un cuadro del Museo del Prado, a una escultura, quiero un texto de danza donde las palabras bailen, escribid lo que pondríais en un muro, ahora un poema de una sola frase, mañana un texto en un rollo de papel higiénico, escribid  limpio, original, sincero, elegante, brillante… no os conforméis, más quiero más, mejor, leed, leed, mirad, tenéis que aprender a mirar, la mirada poética es un don, la mirada limpia es escritura:

“Y sin que nadie nos diga que es algo muy delicado que hay que preservar y alimentar sin pausa con dibujos, canciones, poemas y viajes y conservando la virginidad de la mirada, aunque ya haya mirado mucho, y sacándole punta a los ojos todos los días. No sé si me explico. Ese, siendo lo más importante, es quizá el secreto mejor guardado. Quizá precisamente porque es lo más importante”.

Así entendía Pedro la esencial enseñanza de la escritura. Hubo alumnos que no le comprendieron. Otros, sí. Por eso bromeábamos con él y le decíamos que provocaba una bipolaridad en sus clases. El rechazo o la entrega absoluta. No había término medio. Él lo sabía, nunca se excusó por ello. Hay que provocar y despertar a los mejores, decía. Y, en clase, él mismo hacía su función porque los profesores tenemos algo de actores: a veces risueño, otras colérico, nunca tedioso.

Pedro Sorela tenía un carácter reservado, a pesar de todo. Más bien tímido y comedido a la hora de expresar sentimientos y cuestiones de su privadísima vida. Nunca quiso profesar esa falsa humildad que algunos exigen como imposición de conducta, lo que le agradeceré siempre. Aun con sus silencios prudentes, fue claro y coherente. Hace unos diez años, más o menos, disfrutó de su año sabático. Durante ese tiempo viajó a esos lugares lejanos de Asia a los que tantos anhelamos ir y además buscó una experiencia docente nueva: durante un trimestre, creo, dio clases en una universidad de Taiwan. Cuando regresó no era el mismo Pedro tan crítico con nuestro sistema universitario. Me advirtió de que en China la exigencia para alumnos y profesores era impresionante. Me relató experiencias de su viaje. Volvió agradecido. Regresó con el espíritu lleno de admiración por otras culturas.

Pedro Sorela tuvo la suerte -la tuvimos los de nuestra quinta- de poder ser profesor titular de periodismo en una época en la que no existía la acreditación de las anecas. El sistema de ahora, repleto de burocracia y que obliga a coleccionar puntos como cromos, no lo hubiera aceptado nunca. Porque era profesor, y era escritor, y concebía en nuestro ámbito ambas facetas como una sola e igualmente exigentes y comprometidas. No obtuvo sexenios de investigación. Me dijo que una vez había solicitado un sexenio de investigación y que la respuesta denegatoria fue tan vergonzosa contra la verdad y la realidad y la universidad como concepto que se abstenía de volver a solicitarlo. Que no quería participar en ese indecoroso juego de los que encorsetaban la docencia universitaria en la mediocridad más mezquina y dañina. Se alejó de los burócratas, pero no por ello dejó de ser el buen profesor que siempre quiso ni dejó de escribir, ni de leer, ni, por tanto, de investigar. Arremetía contra esas supuestas investigaciones que solo cubrían apariencias para poder tener un puesto seguro en la docencia. Y lo tenía muy claro y así lo decía a quien quisiera oírle.

No, a Pedro Sorela, que dirigió varias tesis doctorales, algunas memorables, que escribió magníficos ensayos sobre periodismo con sus reflexiones y experiencias (La entrevista como seducción. Momentos con escritores, publicado por EL País en edición digital), no le concedieron ni un solo sexenio de investigación, lo que significa que los jueces burócratas y administradores del saber decidieron que no investigaba, que no hacía ciencia. Tamaña estupidez e injusticia es la que está llevando al periodismo a convertirse en una pseudociencia inútil en la universidad. Pero él siguió, incluso más convencido de su razón. “Como decía Borges -escribió-, las “universidades crédulas” no hablan de literatura sino de historia de la literatura. A Faulkner, a su vez, no le extrañaba nada lo que pudiesen hacer los académicos”. Y en otro lugar denunció con valentía y sentido más que común lo que algunos pensamos:

“A mí me parece en particular significativo, por inesperado y hasta inimaginable no hace tanto, lo que sucede en la universidad, en las antiguas facultades de “Humanidades·” o “Ciencias Sociales”, en donde el viejo pensamiento humanista, basado en la palabra, la disertación, la Historia y el recuerdo de los clásicos -basado en buena parte en la creación en un muy amplio sentido: el ensayo- tiene que luchar con mayor fuerza cada día para defender, ya no privilegios, sino el simple derecho a la existencia frente a una oleada cada vez más imparable de estadísticos y sociólogos armados de curvas y esquemas. Argumentan con fuerza que sus sumas y restas son útiles porque son lo que demanda la industria. Y ya ni siquiera es necesario informar de que la industria es la que ha comenzado a mandar en la universidad. Todo está relacionado.

Aún así, la orfandad permanece.

¿Dónde se ha refugiado el derecho a imaginar, a imaginar porque sí? Y sobre todo: ¿Puede desaparecer la universidad o irse a la irrelevancia? En cuyo caso, ¿qué ocurrirá?”

No sabemos, Pedro, lo que ocurrirá, o preferimos no saberlo. Pero tú nos has dejado tu inquietud intelectual y creadora, tu consideración justa de la docencia y de la investigación, tu intransigencia con la mediocridad y la estolidez. Nos has dejado obras como Dibujando la tormenta (Alianza, 2006), sorprendente por rica y original, en la que has querido dialogar con los lectores sobre algunos de tus admirados autores: Faulkner, Borges, Stendhal, Shakespeare, Saint-Exupéry. Nos has dejado libros de experiencias viajeras (Lo que miran los vagos, 2015). Nos has dejado enriquecedoras reflexiones en tu blog tan cuidado, tan sugestivo. Nos has dejado literatura con tus novelas y cuentos. Nos has dejado reflexión con tus rezongantes críticas. Nos has dejado respeto y pasión por las diferentes culturas que existen en el mundo, por el conocimiento de idiomas, por la curiosidad hacia los otros. Nos has dejado tu elegancia de espíritu, tu convicción de que no hay fronteras, y si existen hay que derribarlas, y de que las culturas deben convivir en una continua comunicación nutricia. Poco espacio es este para agradecerte tu trabajo, tu conocimiento, tu compañía, tus gruñidos a veces y muchas otras tu risa. No eras persona de sonrisa pintada en el rostro. Pero cuando lo hacías, cuando reías, tu cara se ensanchaba acogedora, se encendía una luz en la sombría seriedad habitual. Inolvidable.

Pedro Sorela se ha ido. Es difícil asimilarlo y lo siento como el aviso de un cambio. Un cambio de tiempo, de modos, de realidades. Pedro no era una persona de multitudes. Con los años fue mostrando algo más sus sentimientos y así pude saber su inmenso amor por su hija Inés y, hace poco, su alegría por ser abuelo de su preciosa nieta. Me lo dijo feliz. Y con el tiempo también llegué a comprender que él se consideraba difícil para compartir con alguien la vida, a pesar de que lo deseaba. Conocía su soledad y con ella convivía a diario pero la dejaba en casa para encontrarse con sus amigos, sus compañeros, sus alumnos y alumnas, sus libros. Lo escribió así en uno de sus últimos escritos de su blog (“El fin de la soledad”):

“Un día, encontrándome de nuevo tirado en el sofá con un libro, yo debía de tener diecisiete años o así, mi madre me dijo pensativa: “Qué suerte tienes. Te gusta leer. Nunca vas a estar solo”. Y así ha sido”.

Pedro sabía que estaba enfermo. No lo dijo. Los médicos le auguraron dos años más, que él aceptó como el último regalo. Desconozco sus planes para ese corto tiempo. Pero solo fueron apenas cuatro meses. Y acudió a sus clases hasta la última semana.

Un último abrazo, admirado Pedro, querido compañero, escritor, profesor, periodista, viajero, ciudadano de ninguna parte y de todas, libre vividor de su propia vida elegida y conquistada. Y mil gracias eternas. Los pájaros se quedan esta primavera abrileña en tu pequeño jardín. Cantando. Cantando, con ese brioso piar de la existencia efímera.

María Jesús Casals Carro

Profesora de Periodismo

 

 

 

 

 

 

 

 

 


EL VIAJE DEFINITIVO

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando.
Y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y lejos del bullicio distinto, sordo, raro
del domingo cerrado,
del coche de las cinco, de las siestas del baño,
en el rincón secreto de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu de hoy errará, nostálgico…
Y yo me iré, y seré otro, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.

Juan Ramón Jiménez

 

 

 

 

 

 

 

 

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