Francisco Umbral


Francisco Umbral es el pseudónimo de Francisco Pérez Martínez (Madrid, 1932-2007). Fue un fecundo escritor, ensayista y periodista. Se inició en el periodismo a los 26 años en 1958 en el diario El Norte de Castilla promocionado por el escritor Miguel Delibes. En 1961 se trasladó a Madrid: fue cronista y columnista de prestigio en revistas como La Estafeta Literaria, Mundo Hispánico (1970-1972), Ya, El Norte de Castilla, Por Favor, Siesta, Mercado Común, ABC, Bazaar (1974-1976), Interviú, La Vanguardia. Fueron sus columnas en El País (1976-1988), en Diario 16, en el que empezó a escribir en 1988, y en El Mundo, en el que escribió desde 1989 en la sección Los placeres y los días, las que le dieron popularidad y en las que demostró su magnífica escritura.

Su obra literaria y periodística es extensa (110 libros y 135000 artículos). Se caracteriza por su gran ironía, a veces sarcasmo, crítica social, cierto cinismo en ocasiones, melancolía en muchas otras, y un enorme deseo por reflejar la sociedad española, sobre todo la madrileña que tan bien conoció, disfrutó y padeció. Recibió diversos premios literarios, entre ellos los dos máximos galardones otorgados para las letras castellanas, el Príncipe de Asturias de las Letras en 1996 y el Premio Cervantes en el año 2000.

EL CALAMBRE DEL ESCRITOR

Fragmento del ensayo de F. Umbral: Larra. Anatomía de un dandy (Madrid, Visor, 1999, 262 páginas)

El año de 1836 es de intensa vida literaria para Larra. También en la política y en su vida privada supone el año 36 una sucesión de novedades: aventura electoral, traslado de domicilio a la calle de Santa Clara, número 3, donde había de morir; posible reanudación de las relaciones con Dolores, posible duelo con Bertodano. Dice Antonio Espina: «La misantropía y depresión de Fígaro aumentan notoriamente, reflejándose en sus artículos de esta época».

Ha dicho Larra en Horas de invierno: «Escribir como escribimos en Madrid, es tomar una apuntación, es escribir un libro de memorias, es realizar un monólogo desesperante y triste para uno solo. Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta. Porque no escribe uno siquiera para los suyos. ¿Quiénes son los suyos? ¿Quién oye aquí? ¿Son las academias, son los círculos literarios, son los corrillos noticieros de la Puerta del Sol, son las mesas de los cafés, son las divisiones expedicionarias, son las pandillas de Gómez, son los que despojan, son los despojados?».

Naturalmente, a Larra no le basta con ser la primera pluma de su época, el hombre más leído, temido y conocido. Antes que notoriedad, busca eficacia. Y a ciertas alturas de su vida está ya desengañado de que la eficacia sea posible. Dos son los factores que determinan la desesperanza de un escritor consciente: la indiferencia de la sociedad y la estulticia de sus compañeros de oficio. Podría despreciar al resto de la profesión si su contacto con la masa fuera un entendimiento y no una querella. Podría vivir de minorías si existieran otras que no fuesen las minorías de tontos. Pero Larra vive y escribe tan lejos de unos como de otros.

El regreso de Europa le ha confinado en un Madrid que es un impuro caserío. Larra está llegando a la más peligrosa etapa de su vida, de cualquier vida: a la indiferencia. Cuando el escritor empieza a descubrir que no le importan los lectores, que no le importa lo que escribe, que no se importa a sí mismo, está a punto de la parálisis. Hay un temblor de la mano derecha que los médicos llaman «calambre del escritor». El verdadero calambre del escritor es la indiferencia; porque la indiferencia tiene siempre efecto retroactivo. Cuando, de pronto, no nos importa una cosa, es como si no nos hubiera importado nunca. La memoria carece de memoria. Y toda la actividad pasada, toda la obra en marcha se presenta como una farsa bamboleante, levantada sobre el más estremecedor vacío.

Éste es el Larra de los últimos tiempos. El escritor que ha de matarse, entre otras cosas, para no seguir escribiendo. El hecho de dejar de escribir en vida habría supuesto otra forma de suicidio no menos dramática. Sólo se suicida el que ya está muerto por dentro […].

Con la tradicional alegría necrológica y necrofílica de nuestro país, se ha hablado una y otra vez […] sobre lo mucho que podría haber hecho aún Larra con la pluma, de no haber puesto fin a su vida.

Mentira. Larra había dicho ya todo lo que tenía que decir. Es indudable que no le hemos leído profundamente. De otro modo, advertiríamos que el pistoletazo suicida no ha sido en él sino un punto final a su prosa […].

Sus contemporáneos no habían sido antes más listos. Las academias, los círculos literarios, los corrillos noticieros de la Puerta del Sol, las tertulias de los cafés, las pandillas de Gómez, han estado siempre huecos, igual de huecos que en el momento de escribir Larra Horas de invierno. Pero la terrible verdad que venía abriéndose paso no soporta ya más caretas. Es el instante en que su alma le habla a gritos. «Escribir en Madrid es llorar» no es sólo una frase: es un suicidio. Suicidio con sordina que, naturalmente, no supieron oír quienes estaban en torno a Larra. En ese mismo artículo, Horas de invierno, Larra invoca a los grandes escritores europeos que viven arropados por el mejor público cultural de Occidente. ¿Quiere decirse que a Larra lo mata literal y literariamente la angostura de España?

La verdad no es tan simple. El suicidio es la muerte natural del suicida. En Larra hay un suicida nato o, cuando menos, una psicología llena de lo que sin ánimo de hacer humor negro llamaremos buenas disposiciones naturales para el suicidio. Es suficientemente apasionado como para cansarse pronto de todo, suficientemente frío, escéptico e inteligente como para acabar descubriéndose el juego a sí mismo, con la inevitable consecuencia de hastío ante el espectáculo de su propia alma y su propia vida. Larra es, en fin, suficientemente nervioso como para encontrar serenidad a la hora de poner en práctica el sin duda meditado suicidio.

Imaginemos a Larra afincado definitivamente en París, en comercio intelectual con los grandes de su momento. Su existencia se habría prolongado, quizá no se hubiese suicidado nunca. Pero lo que nos quedaría de él es una larga sucesión de amores pasajeros y negaciones permanentes. Al fin, el triunfo y el goce de la disponibilidad personal no son sino estímulos para lo que llamaríamos la máquina de vivir. Y cuando eso que llamaremos asimismo la máquina de pensar funciona sólo con las turbinas o la fuerza motriz que le ha prestado la máquina de vivir, toda la fábrica de la ideación es ficticia. La mente ha de ir por delante en cualquier hombre […].

Si, según los psicoanalistas, todo lo hemos vivido ya en la infancia -incluso antes, en el útero materno-, o todo lo ha vivido alguien por nosotros, está claro que el bagaje de los juicios o la mera facultad de enjuiciar se ponen delante por sí solos en la dinámica natural de una vida. A propósito de la crítica hablábamos del sentido indagatorio como pérdida de la inocencia y descubrimiento de la fundamental imperfección del mundo. Pues bien, puede llegar a darse en un hombre la situación límite del sentido crítico: la saturación crítica. Es decir, el tenerlo todo juzgado previamente y, por lo tanto, prescindir de los juicios. Vivir otra vez de sensaciones, como en la primera infancia. Entonces, la máquina de vivir se pone por delante de la máquina de pensar sin que el propio pensador llegue a advertirlo […]. Es el caso típico del novelista que necesita hacer un viaje para escribir una novela. ¿Habría llegado a esto Larra con una vida más larga […]?

Quizá no importe demasiado responder a esta pregunta. En todo caso, hay un momento en la vida del hombre inteligente en que la inteligencia deserta […]. Las nuevas sensaciones experimentadas ya no son nietas de un juicio, y sobreviene la sensación de mareo […].

Incluso los grandes genios han vivido una última parte de su vida a rastras de lo vivido -recuerdos- y de lo que aún vive en ellos, sin echar ya ideas por delante, como se echan las redes en día de buen viento para la buena pesca. En Larra y en algunos otros suicidas y hombres de muerte temprana, el final de la vida coincide exactamente con el final del predominio de lo mental. En este sentido, no cabe llamarles malogrados.

Fuente: El Mundo, 24 de marzo de 2009

Una rigurosa biografía de Umbral relaciona su obra con su drama vital (El País)

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TRES COLUMNAS DE FRANCISCO UMBRAL

El limpiabotas

(ABC, 8 de agosto de 1972)

A un extranjero le han cobrado en Madrid doscientas pesetas por limpiarle los zapatos. A mí me parece poco. Naturalmente, el limpiabotas neodesarrollista ha sido detenido, pues no faltaba más, pero uno cree que lo suyo no era un vulgar timo de la estampita.

El señor Manix Beers, súbdito holandés, denunció el caso. Andaba él por el Paseo del Prado, mareado de palomas y horchata, cuando le surgió el servicio. Parece que doscientas pesetas son mucho dinero incluso para un holandés errante, pero el limpiabotas le obligó a soltar la pasta. Ha sido detenido, ya está dicho, un españolito de veinticuatro años. El limpiabotas madrileño, pariente pobre de las mitologías del Prado, príncipe de betún entre las fuentes carolinas y la cerveza estival, se ha pasado un poco, hay que reconocer que se ha pasado, pero también los turistas se pasan viniendo a limpiarse los zapatos desde sus lejanos países, donde siempre los llevan sucios porque no hay limpiabotas y porque cada hombre es un voto.

No está del todo bien haber nacido en una democracia europea donde cada cual se limpia sus zapatos, donde cada palo aguanta su vela electoral y política, para venir a la España de charanga, pandereta y “charter” a que le acaricien a uno los pies, le pongan el betún del halago y le decoren el zapato polvoriento con el bajorrelieve humilde de un español subdesarrollado y hacendoso. Porque está claro que lo que el turista, el visitante, el forastero, el extranjero, el holandés andaba buscando, no era un poco de brillo para sus zapatos, sino la experiencia inefable de tener a un contribuyente arrodillado a su vera, la vivencia esclavista y suntuaria que en Ámsterdam no ha tenido nunca.

Señor Manix Beers, su paisano Erasmo no movió para eso la pluma liberal y sensata en las noches de Rotterdam. Su reina Juliana no ha implantado la democracia de las bicicletas para que usted venga a España, a la pobre España, a fomentar las diferencias sociales, la discriminación, la humillación.

Para un holandés democrático e igualitario, un limpiabotas español debe ser algo así como una “geisha” de betún y casticismo. Y las “geishas” se pagan, señor mío. Por eso digo que doscientas pesetas me parecen pocas pesetas. Claro que la culpa no la tiene usted, sino esta fiebre turística que nos ha dado, este “todo para el turismo pero con el turista”.

El limpiabotas del Prado es un “souvenir” humano que la España del desarrollo hotelero le ofrece al mundo, como la gitana canastera o el latin lover de Torremolinos. Bienvenido sea el turismo y más para el intercambio humano que por las divisas, pero ya está bien de España limpiabotas arrodillada sobre los zapatos viajeros de Europa.

Democracia es: que cada cual se limpie sus zapatos.


LOS LIMPIABOTAS

EL MUNDO, Columna (Los placeres y los días), 5 de enero de 1994

Entre las «maneras de vivir que no dan de vivir», que dijo Larra, está o estaba el oficio de los limpiabotas, que han ido desapareciendo de Madrid y ahora vuelven. O sea que la gente llevaba ocho o diez años, o desde la primera devaluación, por lo menos, sin limpiarse los zapatos.

Tuve mi último limpiabotas madrileño en el bar de mi querido Carbajo, Costa Fleming, y he ido frecuentando los últimos que quedan en Madrid, a saber, el del Palace y el del bar Hispano. Lo hago por costumbrismo, por madrileñismo, por patriotismo, más que por señoritismo. Los que han desaparecido son los limpiabotas callejeros, y no digamos los salones de limpiabotas, que tenían algo de peluquería para los pies. Yo me limpio los zapatos o las botas como Pemán, es decir, consciente de la reminiscencia esclavista que tiene la maniobra, pero procurando remediar eso mediante el trato, la propina (también degradante, qué lío) y la conversación. Todavía alcancé los últimos limpiabotas que hablaban de toros (era un gremio que no solía hablar de fútbol: casi todos habían sido banderilleros).

Últimamente los limpiabotas ya no hablan, sino que trabajan. La vuelta del limpiabotas es sensible, para un cronista de Madrid y sus cosas, como la vuelta de los tranvías (que también retornan, aunque periféricos) o de los landós, que dicen que Mario Conde va a volver en landó y con chistera para pasearse en el carruaje por delante de Luis Angel Rojo, no sé si en plan cachondeíto fino.

La desaparición del limpiabotas significaba que el lumpen había levantado cabeza, que no quería seguir estando a los pies del señorito, al menos plásticamente, y que la sociedad industrial le había integrado en otras formas de vivir más dignas o, en todo caso, menos serviles. Cuando los limpiabotas se pusieron de pie al unísono levantaron la cerviz y dejaron el oficio, es como cuando el primate se alzó, empezó a andar sobre dos patas y a comer con las manos, como los marqueses. He aquí dos momentos trascendentales en la historia de la humanidad u hominización del hombre.

Ahora, esa parte del proletariado que llamamos lumpen, o sea los limpiabotas y otros oficios humillantes, vuelven a echarse a los pies de los caballos de la burguesía y el capitalismo, que siempre es centáurico y tiene cabeza con gomina y patas de percherón. Quiere decirse que, en diez años largos de socialismo, el PSOE y sus gobiernos no han redimido a los pobres y descamisados de Guerra, sino que les dejan la opción de elegir entre el cepillo del limpiabotas o el pitillote desesperado del paro.

El gesto laboral del limpiabotas, con la espalda doblada y la cabeza baja, trabajando en el lujo y el betún y el brillo del rico o el que quiere parecerlo, es un ademán tan plástico, tan metafórico, que pudiera haberlo esculpido Rodin, o, en nuestros días, el recién desaparecido Cillero. La vuelta de los limpiabotas (uno se rige por estos signos minutísimos) supone la vuelta del viejo régimen mientras los arzobispos financieros ofician en la catedral del dinero el futuro de Banesto.

La puesta en pie del primate no tuvo vuelta de hoja ni paso atrás. Del primate a Baudelaire. La puesta en pie del limpiabotas se frustra ahora, en un momento de desesperación social en que el lumpen ya no cree ni en la huelga. Todo un síntoma de la socialización socialista. Los limpiabotas ya sólo trabajaban para los turistas yanquis, que, tan democráticos, se daban unas vacaciones de despotismo haciéndose limpiar los zapatones por un país invadido. El caso es que les he echado un ojo a mis zapatos y me parece que mañana voy al limpiabotas

(“El Mundo”, Los placeres y los días, 5 de enero de 1994)


Escribir / Larra

(El País, 19 de septiembre de 1984)

Larra lo dice así: “Escribir en Madrid es llorar”. ¿Por qué se ha difundido el erróneo “escribir en España”? Porque, trasantaño, la identificación Madrid/España era mecánica y, sobre todo, porque nadie ha leído a Larra. El gran prosista romántico revoluciona la prosa romántica, acuña frases sintéticas, relámpagos sintácticos: “¿Por qué son frailes cuando hay peste en Madrid?”. Con esto se anticipa a Baudelaire, que es quien depura el Romanticismo en Europa. Mejor que la prosa invertebrada de los románticos (desvertebrada, llamó alguien a la de Proust), la abreviatura fulgurante, el apotegma que mata. La prosa de Larra está hecha de puñales. Y esto no es sólo una nueva manera literaria, sino, ante todo (o como consecuencia), una nueva manera social, vital, política, existencial.
Urgencia
La prosa urgente de Larra responde a la urgencia de España, lo que Lucas Mallada, el regeneracionista, el arbitrista, tiempo más tarde, llamaría “los males de la Patria”. Y los males de Larra, cuya vida es como una biografía abreviada. Tenía que decirlo todo pronto y bien, no por un parapsicológico presentimiento de la muerte (estaba sano), sino porque la urgencia de vivir/escribir le llevaría a matarse. Don Federico Carlos Sainz de Robles, padre, me parece, del brillante jurista actual, sostenía que Larra no se suicidó, sino que estaba limpiando el arma. Casi como un guardia civil.
Esa urgencia de Larra es dramática, patética, peripatética (Larra callejeaba mucho sus artículos, sus verdades, como Sócrates y Aristóteles). Larra o la vida de prisa, tituló alguien una biografía del romántico. Antonio Espina desmiente la versión “teatral” del espejo. Buero la devuelve acertadamente al teatro, que es donde tiene su sitio y su sentido. También en esto, Larra preludiaría a Baudelaire: “Hay que ser sublime sin interrupción: el dandy debe vivir y morir ante el espejo”. Pero el espejo es interior, claro. Y no creemos ya en otros preludios que en el de La verbena de la Paloma. Escribir/llorar. “¿Por qué -se preguntan los beocios de café-, si era el periodista mejor pagado de su tiempo?”. Llora con llanto duro, invertido, por él y por España. Le duele España antes que a nadie. Antes que a Unamuno y a los fascistas. Escribir (sobre todo en los periódicos) es vender el propio llanto, prostituirse los hígados, cuando se escribe tan autobiográficamente, desde dentro del espejo del alma sin cara. Ahora vuelve a estar como de moda un cierto periodismo de investigación o así, que: nos parece muy bien, siempre que no sirva para emparedar las voces personales, los llantos nacionales, como el de Larra. ¿Por qué ha de ser incompatible el testimonio tecnológico con el testimonio biológico?
A Larra le hace llorar la censura de la época. Hoy, después de cuarenta años, hemos aprendido que la más cruenta censura, con mucho, es la que ejercemos sobre nosotros mismos, por inercia o por el contexto. Jorge Borrow, el de La Biblia en España (Alianza Editorial), confiesa venir a tierra de inquisidores, pero comienza su visita con un acto de Inquisición: quema, con cierto ritual, un libro francés que va contra la Biblia. Cuidado, pues, con las inquisiciones interiores. Larra, cuando las advierte en sí, las denuncia por voz de su criado asturiano. Le hacen llorar en Madrid. Cuando le invaden como un cáncer, se mata. No estaba limpiando el arma.